Por Graciela Fassi
Estos tiempos de aislamiento me han traído al primer plano, desde un fondo apelmazado de quehaceres y ocio, una actitud-actividad humana olvidada acaso con la niñez: la contemplación. Contemplación en tanto ponerse en presencia, en compañía de lo que se asume como sagrado. Contemplación de mi propia historia. Contemplación de lo otro.
Al contemplar mi propia historia resaltó el momento en que, si alguien me hubiera preguntado: “¿qué querés hacer en tu vida?”, hubiera respondido: “Leer. Leer sin que me jodan”. Como me preguntaron “¿Qué vas a hacer cuando termines el secundario?”, respondí: “Voy a seguir Letras”. Lo demás se inscribe en la narrativa de los deseos cumplidos y de sus consecuencias impensadas, tan pródiga en relatos de pactos diabólicos y de angurrientos aleccionados.
¿Qué sucede con los deseos no cumplidos? Te abren la puerta a lo otro (con mayúscula o minúscula) y a la contemplación de lo que “viene”, de lo que excede tu propia historia y donde lo sagrado no es un recorte previsto.
El aislamiento no deseado me llevó al patio de mi casa, a la contemplación de los pájaros y al recuerdo del “miren los pájaros” como convite evangélico a la confianza y a la apertura. Me llevó también a viejas lecturas que hoy quiero compartir con quienes, justamente, miren los pájaros.
“Alas”
https://drive.google.com/file/d/1PEqR8HgJovXATv_MoLrxtQ4ht9fLqBbV/view?usp=sharing
“Alas” es una serie de poemas de Leopoldo Lugones, dedicados, cada uno, a un pájaro del monte cordobés. Cada poema trae una presencia alada que a la vez se confunde y se destaca en su entorno, como nota singular de luz, de sonido, de movimiento.

Es posible imaginar que en el centro luminoso y sonoro del poema, el pájaro sea algo más que una joya estética. Si pensamos en Lugones como el poeta que celebró el advenimiento “la era de Einstein”, y en su ensayo “El tamaño del espacio” explicó que el movimiento engendra duración, que el tiempo es una dimensión del espacio y que toda posición es relativa, podemos pensar que los pájaros de sus poemas condensan ese concepto: son creadores de espacio en sus recorridos, son instantes de un equilibrio vital siempre provisorio. Su belleza es repentina y fugaz.

Y, al lado de la geometría abstracta, tal vez el saber de un otrora muchacho trampeador, que conoce el color de cada huevo, los ciclos, el sonido literal de sus cantos, la forma acabada de sus nidos, y la vecindad de los pájaros con la gente sencilla, que los alberga en su existencia cotidiana y se deja enseñar por ellos.
Lo diáfano y lo misterioso de los pájaros serranos están guardados en estos poemas de “El libro de los paisajes”, para quien quiera acercarse.
El vuelo

En la novela “El vuelo del tigre”, de Daniel Moyano, una familia (al igual que el resto de su ciudad), permanece encerrada en su propia casa, a cargo de un represor que vigila sus más íntimos pensamientos. Las torturas se renuevan y son cada vez más intensas. Y el abuelo de la familia, hasta de esa prisión es desterrado, para que muera en el patio, sin atención ni alimentos.
Allí, desde su silla de ruedas, el viejo Aballay recuerda cómo construyó junto a su hijo la casa, y cómo derribó una pared recién hecha para no interrumpir el recorrido de los pájaros: “Ya entonces intuía los pájaros como pequeños relojes cósmicos que no estaban para medir ningún tiempo. Ellos eran el tiempo, o parte de él. Sus recorridos diarios eran exactos, sus vuelos migratorios igualmente exactos, en sus pequeñas cabezas estaba contenido todo el espacio, conocían perfectamente el mundo. Anteriores al hombre y dueños de aire y de la tierra, sin pensamiento pero también sin miedo, concibieron el mundo como un gran placer y lo dividieron en parcelas de felicidad y trazaron sus caminos sólo para eso, sin violentar el mundo ni agregarle nada”. Descubrir el centro desde el cual los pájaros remontan vuelo, le permitirá al viejo Aballay concebir el mundo de manera diferente, y atisbar una posibilidad de liberación.

Dolorosa y bella, como toda la narrativa de Moyano, “El vuelo del tigre”, muestra la vida que se renueva por sí misma, la creatividad y la libertad contenidas en el mundo más próximo, y la invitación a inteligirlo sin aprisionarlo, aunque el asesino aceche desde su miedo.
“Y bueno, decía el viejo Aballay, los pájaros tienen sus propias verdades como todas las cosas de este mundo. Todo es cuestión de saber o de querer mirarlas. Son cosas que parece que no están, y por eso no hay pensamiento para ellas. A lo mejor esas verdades no están parar pensarlas y solamente hay que arrimarse a ellas, si se les pone un pensamiento encima mueren antes de nacer (…) Lo importante con los pájaros, además de mirarlos, es dejarse mirar”